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Hay una escena, promediando la novela, en la que Jack Torrance baja al Colorado Lounge y se sienta en la barra. La barra está vacía: la gerencia se llevó hasta la última botella antes de cerrar el hotel por el invierno. No hay vasos, no hay stock, no hay nadie. Jack hace meses que no toma una gota. Y sin embargo se acoda ahí y empieza a hablarle a un barman que no existe.
El hotel lo escucha. Y le sirve.
Es el mejor momento del libro y también todo el libro en miniatura. El Overlook no se presenta con cadenas ni con sábanas: se presenta con un martini y con un barman que se llama Lloyd y sabe exactamente cómo le gustan. No necesitó inventar nada. Cada arma que el hotel usa contra Jack Torrance subió con él por la ruta a Sidewinder: la sed, el rencor, el brazo que le rompió a su hijo, las manos de su propio padre. Un lugar embrujado que no fabrica el horror sino que lo administra. Eso es lo que sostiene a esta novela casi cincuenta años después, y no los fantasmas.
Hay una razón para que esté escrita desde adentro. Doubleday la publicó el 28 de enero de 1977 —tercera novela de King, la primera que lo puso en la lista de best sellers en tapa dura— y recién en 2013, en la nota del autor de Doctor Sueño, King le puso nombre: el que escribió aquel libro, dice, es muy distinto de «the well-meaning alcoholic who wrote The Shining». El tipo que escribió esta novela sobre un alcohólico no sabía que era uno. El libro sabía más que él.
El divorcio entre la novela y la película de 1980 se suele contar como un choque de temperamentos, y King alimentó esa versión: a Rolling Stone, el 31 de octubre de 2014, le dijo que «el libro es caliente y la película es fría; el libro termina en fuego y la película en hielo». Pero la objeción de fondo que dio ahí es más técnica y bastante más interesante: «En el libro hay un arco real, donde ves a este tipo, Jack Torrance, tratando de ser bueno, y de a poco se va corriendo hacia ese lugar donde está loco. Y en lo que a mí respecta, cuando vi la película, Jack estaba loco desde la primera escena».
Tiene razón, y no es la queja de un autor ofendido: es una diferencia estructural. El Jack de Nicholson entra al Overlook ya deshecho, y lo que sigue es la observación clínica de una máquina desarmándose. El Jack de la novela entra creyendo —creyendo de verdad— que esta es la oportunidad. King se toma más de cien páginas en construir esa creencia antes de tocar un solo fantasma. Está el profesor de Stovington que perdió el puesto por golpearle la cara a un alumno. Está la noche con Al Shockley en la que atropellaron una bicicleta en una ruta oscura y no encontraron a nadie, después de la cual los dos dejaron de tomar. Está el brazo de Danny, roto porque el chico volcó una cerveza sobre las páginas de la obra que el padre nunca va a terminar.
Los tres episodios funcionan igual: Jack tiene un motivo, el motivo no alcanza, y Jack lo sabe. Sin ese arco no hay tragedia, hay entomología. Años después King fue más cruel con la película, en una entrevista con Deadline del 2 de febrero de 2016: le parece hermosa, dijo, pero es «like a big, beautiful Cadillac with no engine inside it». Se le puede discutir el juicio sobre Kubrick —yo se lo discuto— pero el diagnóstico sobre su propio libro es exacto. El motor de El resplandor es la esperanza de Jack.
Lo mejor del Overlook es lo específico que es a la hora de comprar. A Danny lo caza: la mujer de la habitación 217, los animales de los setos que se mueven cuando no los mirás, la manguera del pasillo. A Wendy casi no la registra, y ahí hay una pista: no tiene nada para ofrecerle, porque Wendy no quiere nada que el hotel tenga. A Jack, en cambio, le hace una oferta laboral.
Primero le entrega el álbum de recortes del sótano, con la historia sucia del hotel adentro: los dueños, la mafia, los muertos discretos. Es exactamente el libro que Jack no sabía que quería escribir, y la excusa perfecta para abandonar el que sí empezó. Después le ofrece algo mejor: importancia. Una posición, gente capaz de reconocer el talento. El Overlook no lo tienta con lo sobrenatural. Lo tienta con el reconocimiento que el mundo le negó.
Y ahí está la parte incómoda, la que vuelve a este libro algo más que una casa embrujada: nada de eso funcionaría si Jack fuera un monstruo. Funciona porque Jack quiere ser buen padre, buen marido y escribir algo que valga la pena, y las tres cosas juntas son más de lo que puede sostener. King escribió una novela sobre el miedo específico de un hombre que sospecha que va a hacerle a su hijo lo mismo que su padre le hizo a él, sin ninguna garantía de que no vaya a pasar. Al lado de eso, una muerta en una bañera es decoración.
Una escena chica lo resume mejor que cualquier aparición. Jack encuentra un avispero mientras arregla el techo, lo fumiga, se asegura de que no quedó nada vivo y le regala el nido a Danny como trofeo. Esa noche las avispas están vivas y pican al chico. El padre le entrega al hijo una cosa muerta que no estaba muerta. La novela entera cabe ahí adentro.
No es un libro perfecto. El tercio central se empantana en la historia del Overlook —los dueños anteriores, los negocios turbios— con una minucia que King disfruta más de lo que el lector necesita. Hay una diferencia entre un hotel con memoria y un inventario.
Wendy es la más floja de los tres. Está mejor escrita que la de la película y tiene un plan propio, pero casi toda su vida interior gira alrededor de su madre y del miedo a parecerse a ella. Es un personaje al que le pasan cosas.
Dick Hallorann tiene el problema inverso: es cálido, es memorable y es, estructuralmente, una función. El cocinero negro con poderes psíquicos que aparece a explicarle el don al chico blanco es un molde que King reutilizó después y que hoy se lee distinto que en el 77.
Y el último cuarto cambia de género: la tragedia se vuelve persecución. Funciona —King corriendo gente por pasillos funciona casi siempre, y el mazo de roque es un objeto mucho más triste que un hacha— pero se paga un precio. Lo que hace grande a este libro no es la caza; es todo lo que se construyó antes para que la caza duela.
Si venís buscando susto puro, hay King más rápido. Si viste la película y querés el libro de la película, no está: es otro animal, más triste y muchísimo más piadoso. Pero si querés entender por qué King importa más allá del género —por qué un tipo que vende millones de libros de terror es, cuando se lo propone, un novelista serio del daño familiar— este es el libro. La puerta de entrada más honesta a su obra.
El resplandor está dedicado así: «This is for Joe Hill King, who shines on». King le dedicó a su propio hijo la novela sobre un padre que lastima al suyo. Se puede leer como ternura o como confesión. Son las dos cosas, y el libro lo sabe.
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