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El título del libro es una fecha, y en castellano hay que darla vuelta: acá salió como 22/11/63 (Plaza & Janés, 2012). Ese detalle burocrático dice algo. Es una novela bautizada con un día, y King tardó casi cuarenta años en escribirla. Lo intentó por primera vez en 1972 y abandonó a las pocas páginas: en el epílogo cuenta que, incluso nueve años después del hecho, la herida seguía demasiado fresca. Recién volvió en 2011, con Scribner publicándola el 8 de noviembre.
Vale la pena tenerlo presente: la novela que King no escribió en 1972 habría sido sobre Kennedy. La que terminó escribiendo es sobre otra cosa, y hay una escena del primer tercio que lo demuestra mejor que cualquier resumen. Jake Epping —profesor de literatura en Lisbon Falls, Maine, que entró a la despensa del restaurante de Al Templeton y salió cincuenta y tres años antes— camina por Derry en el otoño de 1958 y cree ver, asomado a una boca de tormenta, un payaso que le sonríe con monedas de plata por ojos y un guante blanco lleno de globos. No es la única aparición de Pennywise fuera de su propia novela —en Los Tommyknockers alguien ve el mismo payaso de ojos de plata en una alcantarilla de Derry—, pero acá King hace otra cosa: lo pone en escena y sigue de largo. Poco después se topa con dos chicos ensayando pasos de Lindy Hop para un concurso de talentos: Beverly Marsh y Richie Tozier.
Es decir: King metió a su monstruo más famoso en este libro y lo dejó de figurante. Se lo pudo permitir porque ya había escrito adentro un monstruo mejor, y este no tiene cara. 11/22/63 no es una novela sobre el magnicidio: es una novela sobre una entidad hostil llamada el pasado, y ese es el mecanismo de suspenso más original que King armó en décadas. El libro vale exactamente lo que esa entidad ocupa en la página. Por eso el tramo de Jodie es lo más flojo que tiene.
Las reglas son pocas y King las expone rápido. El portal desemboca siempre en el mismo instante: las 11:58 de la mañana del 9 de septiembre de 1958. En 2011 pasan dos minutos, no importa cuánto te quedes del otro lado. Y cada vez que volvés a entrar, lo que hiciste en el viaje anterior se borra. Reset completo.
Eso es el planteo. El hallazgo es la otra regla. El pasado no quiere ser cambiado y se resiste: es obstinado —obdurate, en el original— por la misma razón por la que es duro el caparazón de una tortuga, dice la novela, porque la carne que hay adentro es tierna e indefensa. Y se resiste en proporción a lo que le pidas: un cambio chico te devuelve una molestia; uno grande, una enfermedad, una demora, un accidente, un teléfono que suena en el peor momento posible.
La diferencia con casi toda la ciencia ficción de viajes en el tiempo es que ahí el obstáculo es lógico: la paradoja, el abuelo, la bifurcación temporal. Una ecuación, y las ecuaciones se burlan. Lo de King es una voluntad. No razona: resiste. Y aprieta más cuanto más te acercás a Dealey Plaza. Eso convierte una novela histórica en una estructura de terror clásica: alguien avanza hacia una cosa que lo está mirando avanzar.
Hay una virtud formal fácil de pasar por alto. Jake aprende las reglas en Derry, adonde va a impedir que el padre de un conserje que conoció en 2011 mate a su familia a mazazos en 1958 —un ensayo general que no tiene nada que ver con Kennedy—, y King no vuelve a explicarlas nunca más. A partir de ahí cada coincidencia del libro queda cargada. Un tipo que tropieza en un escalón, un apellido que se repite. «El pasado armoniza», dice Jake. Es lo más eficiente de la novela: un dispositivo que convierte cualquier detalle en amenaza.
La reconstrucción del Estados Unidos de 1958 a 1963 es trabajo de verdad, no ambientación. King la hizo con su investigador Russ Dorr sobre diarios de época, avisos de ropa y de electrodomésticos, resultados deportivos y grillas de televisión; viajaron a Dallas, recorrieron el edificio donde vivió Oswald, la casa del general Edwin Walker y el Sixth Floor Museum; consultó a la historiadora Doris Kearns Goodwin. Se nota, y no se nota como exhibición sino como textura. La cerveza de raíz sabe a algo. Un hombre negro no puede usar el mismo baño y nadie dentro del cuadro lo encuentra raro.
El problema aparece cuando la textura pasa a ser la trama. Entre Derry y Dallas, Jake se instala en Jodie, Texas, toma un puesto en la secundaria, dirige una obra escolar y se enamora de Sadie Dunhill, la bibliotecaria del colegio. Ahí el pasado deja de defenderse. Se queda callado un par de centenares de páginas y el libro se transforma en otro: una buena novela de pueblo chico a fines de los cincuenta, cálida, bien escrita y bastante menos urgente que lo que la rodea.
No es un error en sentido estricto. Sin Sadie, el último tercio no pesa: la misión no le costaría nada a Jake y la pregunta moral que sostiene el libro —no si el pasado se puede cambiar, sino si conviene— se caería sola. Pero son casi novecientas páginas, y unas cien de las de Jodie son King disfrutando de un país que le gustó más de lo que esperaba. Se siente. Y que el antagonista vuelva con toda su fuerza en el último tramo confirma el diagnóstico.
Hay una decisión que parece una nota al pie y en realidad sostiene toda la arquitectura. King leyó la bibliografía conspirativa y se paró del otro lado: en el epílogo cifra en «un noventa y ocho por ciento, tal vez incluso noventa y nueve» la probabilidad de que Oswald haya actuado solo, y agrega que a una persona razonable le resulta muy difícil creer otra cosa. La cita la reprodujo Publishers Weekly en su reseña de 2011.
Una conspiración le habría dado un villano mucho más filmable: una red, un plan, caras, alguien a quien golpear. La descartó, y descartarla es lo que hace funcionar la novela. Si Oswald es un tipo mediocre, resentido e infeliz con un rifle y una ventana barata —y así exactamente lo escribe King, sin aura y sin grandeza—, entonces lo que se interpone entre Jake y la historia no es una organización. No hay contra quién pelear. Está el pasado, y nada más.
Es la misma razón por la que Pennywise solo podía ser un cameo. Un monstruo con cara le habría competido al que no la tiene.
Para quién es: si nunca leíste a King porque el terror no te va, esta es la puerta de entrada. No hay criatura sobrenatural más allá de un agujero en una despensa, y la prosa está más controlada que en casi todo lo que venía publicando. El New York Times la puso entre sus diez mejores libros de 2011 —la primera vez que King entraba en esa lista, como señaló Slate—, ganó el Los Angeles Times Book Prize en misterio/thriller y el premio a mejor novela de los International Thriller Writers en 2012.
Si venís del King de Apocalipsis o de It buscando lo mismo, quedás avisado: el miedo acá es administrativo. Un colectivo que se demora, una llamada a destiempo, fiebre el día equivocado. Es un miedo más lento y, para mi gusto, bastante más difícil de escribir.
La miniserie de Hulu (2016, ocho episodios, James Franco como Jake, Sarah Gadon como Sadie, Bridget Carpenter al frente del guion y J. J. Abrams en la producción) resuelve el problema de la extensión por la vía simple de cortar, y funciona. Lo que no puede hacer es lo que el libro hace mejor: que dar vuelta una página se sienta como avanzar contra algo.
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