Mentes peligrosas: los poderes psíquicos en la obra de Stephen King
Mucho antes de que los superhéroes dominaran la cultura pop, King ya llenaba sus libros de gente común con dones extraordinarios y peligrosos: telequinesis, precognición, telepatía, pirokinesis. El poder de la mente es uno de sus motivos más personales, y casi siempre termina en tragedia.

Mucho antes de que los superhéroes coparan el cine, Stephen King ya había construido su propio panteón de gente con poderes: no dioses ni millonarios con armaduras, sino chicos comunes, madres, maestros y presos a quienes la mente les jugó una carta imposible. La telequinesis, la precognición, la telepatía y el fuego mental atraviesan toda su obra. Pero en King el don nunca es un regalo limpio: es también una condena que aísla, corrompe o convierte a quien lo posee en un blanco.
«Todos brillamos»: el origen del resplandor
El caso más famoso es el de Danny Torrance en El resplandor (1977). Su capacidad para leer mentes y percibir el pasado y el futuro es bautizada por el cocinero Dick Hallorann como «el resplandor». El término no salió de la nada: King lo tomó de la canción «Instant Karma!» de John Lennon, y en particular del verso «We all shine on» («todos brillamos»). Al principio pensó en titular el libro The Shiner, pero terminó eligiendo The Shining. Ese mismo don es el que vuelve a Danny tan vulnerable ante los fantasmas del hotel Overlook.
El fuego de Carrie y de Charlie
Antes que Danny llegó Carrie White, en la novela que lanzó a King en 1974. Su telequinesis nace del trauma y la humillación, y funciona como una metáfora de la rabia reprimida que estalla en la noche del baile. Seis años después, Ojos de fuego (1980) llevó la idea más lejos con Charlie McGee, una niña capaz de encender fuegos con la mente. Su pirokinesis es producto del «Lote Seis», un experimento gubernamental que había dotado a sus padres, Andy y Vicky, de poderes de telequinesis, precognición y control mental. En ambos casos, el poder es una maldición que convierte a la niña en presa.
Ver el futuro: la maldición de Johnny Smith
En La zona muerta (1979), Johnny Smith despierta de un coma de años con la capacidad de ver el pasado y el futuro de las personas con solo tocarlas. King usa la precognición para plantear un dilema moral demoledor: si pudieras ver venir una catástrofe —o a un futuro tirano—, ¿qué harías con esa certeza? El don no salva a Johnny: lo aísla, lo enferma y lo empuja hacia una decisión que le costará todo. Es el poder psíquico convertido en tragedia ética.
Niños cobaya: el patrón del abuso
Hay un molde que King repite a lo largo de las décadas: la institución que caza y explota a los chicos con poderes. Está «La Tienda», la agencia secreta que persigue a Charlie en Ojos de fuego, y está el Instituto de su novela de 2019, donde niños con telequinesis y telepatía —como Luke Ellis— son secuestrados y experimentados. Los pequeños psíquicos de King casi nunca son amenazas: son víctimas de adultos que quieren convertirlos en armas. Detrás del terror hay una lectura política sobre el poder y quienes lo abusan.
Doctor Sueño y el relevo del don
El círculo se cierra en Doctor Sueño (2013). El Danny Torrance adulto, sobrio y curtido, se convierte en maestro de Abra Stone, una niña con un resplandor aún más poderoso que el suyo, para enfrentar al Nudo Verdadero, una tribu que se alimenta justamente de ese don. A lo largo de medio siglo, King vuelve una y otra vez a la misma intuición: la fuerza de la mente es un regalo y una herida al mismo tiempo, y quienes la cargan rara vez consiguen vivir en paz. En pleno auge de sus adaptaciones —de Doctor Sueño a El Instituto—, ese motivo sigue tan vivo como siempre.