Los maestros del miedo: los autores que formaron a Stephen King
Ningún escritor nace de la nada. Antes de ser «el Rey del terror», King fue un lector voraz de horror y literatura extraña. Su obra es una larga conversación con los maestros que lo precedieron, y él nunca escondió sus nombres.

Ningún escritor nace de la nada. Antes de convertirse en «el Rey del terror», Stephen King fue, sobre todo, un lector insaciable de horror y de literatura extraña. Su obra es una larga conversación con los maestros que lo precedieron, y lo notable es que él nunca ocultó sus deudas: al contrario, las celebró una y otra vez. Conocer a esos autores es una forma de leer el ADN de su propia escritura.
La caja del padre ausente: Lovecraft
La historia de origen es casi perfecta. Hacia 1959 o 1960, en el ático del garaje de sus tíos, el joven King encontró una caja de viejos libros de bolsillo que habían pertenecido al padre que había abandonado a la familia años antes. La joya escondida era una antología de H.P. Lovecraft de 1947, «The Lurking Fear and Other Stories». «Supe que había encontrado mi hogar cuando leí ese libro», diría décadas después. El horror cósmico de Lovecraft —la idea de un universo inmenso, indiferente y lleno de cosas incognoscibles— resuena en La niebla, en Revival y en las tinieblas que acechan más allá de la Torre Oscura.
Richard Matheson, el que más lo marcó
Si King tuviera que elegir a un solo maestro, sería Richard Matheson. «Creo que el autor que más me influyó como escritor fue Richard Matheson», ha declarado sin dudarlo. La novela de Matheson «Soy leyenda» —un hombre solo, sitiado por vampiros en un apocalipsis con explicación científica— le enseñó a King cómo fundir el terror con la ciencia ficción y, sobre todo, cómo plantar el horror en lo cotidiano, en el suburbio norteamericano de todos los días. Esa lección late en El misterio de Salem's Lot, en Cujo y en buena parte de su catálogo.
Bradbury, Jackson y el miedo del pueblo pequeño
Hay otros dos nombres imprescindibles. Ray Bradbury, con «La feria de las tinieblas», le mostró la poesía siniestra de la Norteamérica de pueblo chico: el carnaval que llega de noche, la amenaza escondida en el otoño. Y Shirley Jackson —autora de «La maldición de Hill House» y del célebre relato «La lotería»— le enseñó el terror silencioso, psicológico y doméstico, y la crueldad que puede anidar dentro de una comunidad aparentemente normal. King la ha citado y homenajeado incontables veces; su sombra está en la manera en que sus pueblos guardan secretos.
De Drácula a los cómics de terror
Los clásicos también están. El Drácula de Bram Stoker es el esqueleto declarado de El misterio de Salem's Lot, el intento de King de dejar caer al vampiro ancestral en el Maine moderno: su villano, Kurt Barlow, es el conde de Stoker resucitado. Y en el extremo más popular y entrañable están los cómics de terror de la editorial EC de los años cincuenta —Tales from the Crypt, The Vault of Horror—, aquellas historietas truculentas y moralistas de su infancia que resucitó con amor en Creepshow (1982).
Un lector que se volvió maestro
King jamás escondió sus fuentes; todo lo contrario. En sus libros de no ficción —Danza macabra (1981) y Mientras escribo (2000)— trazó el mapa completo de sus influencias e insistió en una idea simple: para escribir bien, primero hay que leer con voracidad. Ahí está la paradoja hermosa de su carrera. El chico que encontró su hogar en una caja de libros de terror olvidada por un padre ausente se convirtió, con los años, en el escritor en cuyas páginas nuevas generaciones encontrarían, a su vez, su propio hogar. La cadena del miedo nunca se corta.