El problema de los finales: por qué a King le cuesta cerrar (y por qué él no se preocupa)
Es la queja más repetida del fandom: escribe 900 páginas perfectas y arruina las últimas veinte. La explicación no es un defecto de oficio, sino una decisión deliberada sobre cómo escribir — y King la dejó por escrito.

Hay una conversación que cualquier lector de Stephen King tuvo alguna vez, casi siempre en estos términos: «es un genio, pero no sabe terminar». La acusación se repite en foros, en reseñas y en sobremesas desde hace cuarenta años, y tiene la particularidad de convivir con una devoción absoluta. Nadie dice «no sabe terminar» sobre un autor que abandonó en la página treinta. Lo dicen los que llegaron hasta el final de las mil páginas.
Lo interesante no es si la queja tiene razón —a veces la tiene—, sino que su causa está documentada por el propio King, y no como una confesión de debilidad sino como una declaración de método.
La cita que explica todo
En «On Writing», su libro sobre el oficio, King explica que no cree en la planificación previa. Su imagen es arqueológica: sostiene que las historias son cosas que uno encuentra, como fósiles en la tierra; reliquias de un mundo preexistente que todavía no fue descubierto. El trabajo del escritor, dice, es usar las herramientas de su caja para sacar cada una del suelo lo más intacta posible.
De esa premisa se desprende la frase que sirve de llave para todo el asunto: «Plot is, I think, the good writer's last resort and the dullard's first choice» —la trama es el último recurso del buen escritor y la primera opción del mediocre—. King escribe sin saber a dónde va. Pone personajes creíbles en una situación imposible y averigua junto con el lector qué hacen. Ese método es exactamente el que produce sus primeros dos tercios hipnóticos: nadie sabe qué va a pasar, ni siquiera el autor, y eso se nota en la página.
También es el método que garantiza el problema del final. Cuando uno desentierra un fósil sin plano, llega un punto en que hay que decidir qué forma tenía el bicho. Y ahí, a veces, la excavación no alcanza.
Los casos del expediente
«The Stand» es el ejemplo canónico. Después de más de mil páginas construyendo el enfrentamiento definitivo entre el bien y el mal, la resolución llega literalmente desde arriba: la Mano de Dios se manifiesta en el cielo sobre una doble crucifixión y detona la ojiva nuclear. Es un deus ex machina en el sentido más textual posible del término. La objeción de los lectores no es teológica sino narrativa: los héroes que acompañamos durante media vida no pelean la batalla final. Alguien la pelea por ellos.
«Under the Dome» produjo un desencanto parecido por otro camino. Después de un retrato feroz de un pueblo que se pudre sobre sí mismo en cuestión de días, se revela que la cúpula es obra de niños alienígenas que observan a los humanos como quien mira hormigas en un terrario. La revelación es coherente con el tema —la crueldad indiferente, la humanidad como entretenimiento de alguien más—, pero llega sin haber sido sembrada, y muchos lectores la vivieron como una salida de apuro después de mil páginas de tensión terrenal.
La Torre Oscura: el final que viene con advertencia
El caso más extraordinario es el cierre de la saga que King venía escribiendo desde los años setenta. Antes del capítulo final, el autor interrumpe la novela y le habla directamente al lector para recomendarle que se detenga ahí, que no siga. «Endings are heartless», escribe: los finales no tienen corazón. Y advierte que si continúa, seguramente va a quedar decepcionado, tal vez incluso con el corazón roto.
En la nota del autor es todavía más explícito sobre su propia ambivalencia: no estaba exactamente encantado con ese final, dice, pero es el correcto. El único posible, de hecho. Es difícil encontrar en la literatura popular un gesto comparable: un autor que entrega el desenlace de treinta años de trabajo con una etiqueta de advertencia pegada encima. Se puede leer como cobardía o como la honestidad más brutal imaginable. Probablemente sea las dos cosas.
King ya conoce el chiste
Que la crítica no le quita el sueño quedó claro en 2019, cuando apareció en un cameo en «It: Capítulo Dos» interpretando a un vendedor que se cruza con Bill Denbrough —el personaje escritor de la novela— y le dice, malhumorado, que odió el final de su libro. King eligió ponerse él mismo a decir en voz alta la queja que lo persigue hace décadas. No es la reacción de alguien que se siente herido: es la de alguien que ya decidió que el precio vale la pena.
El viaje, no el destino
Conviene además desconfiar del cliché. King tiene tantos finales memorables como fallidos: el de «Cementerio de animales» es implacable, el de «Cadena perpetua» es perfecto, el de «La niebla» —en su versión original— deja al lector exactamente donde debe quedar, sin resolver nada. La estadística no respalda la idea de un autor incapaz de cerrar; respalda la de un autor que apuesta fuerte y a veces pierde.
Y ahí está el trato que sus lectores aceptan hace medio siglo, casi siempre sin darse cuenta de que lo están aceptando. Un escritor que planifica el final desde la primera página entrega libros más parejos y menos vivos. King eligió lo contrario: que la historia se le revele mientras la escribe, con el riesgo de que el hueso que aparezca al fondo del pozo no sea el que uno esperaba. Los dos tercios que lo hicieron el escritor más leído del planeta y los finales que le reprochan salen exactamente del mismo lugar. No se puede tener uno sin el otro.
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