El poder como monstruo: la política en la obra de Stephen King
Mucho antes de ser un comentarista político conocido, King ya venía escribiendo sobre el poder y sus abusos. Un candidato con futuro apocalíptico, unos chicos encerrados por el bien común y un libro que él mismo decidió sacar de circulación.

Que Stephen King opina de política no es novedad para nadie que lo siga en redes. Lo que se comenta menos es que sus novelas venían haciéndolo mucho antes, y de una manera bastante más interesante que un posteo. En su obra, el poder —quién lo tiene, cómo lo consigue, qué hace con él— aparece con la misma insistencia que los monstruos, y con frecuencia ocupa el mismo lugar.
«La zona muerta»: el libro que sigue volviendo
Publicada en 1979, es la primera vez que King se corre del terror puro hacia otra cosa: un thriller político con dilema ético incluido. Johnny Smith despierta de un coma de cuatro años y medio con la capacidad de ver el futuro de las personas al tocarlas. Un día le da la mano a Greg Stillson —ex vendedor de biblias, violento, sórdido, en ese momento intendente de Castle Rock— y ve lo que viene: ese hombre va a llegar a la presidencia y va a desatar un apocalipsis nuclear.
El libro no se resuelve con un monstruo sino con una pregunta incómoda que el lector tiene que contestarse solo: si supieras con certeza lo que va a pasar, ¿matarías a un hombre que todavía no hizo nada? King no la responde por nosotros, y ahí está la razón de que la novela siga siendo citada cada vez que aparece un político con maneras parecidas a las de Stillson. Fue, además, la primera novela suya en meterse entre las diez más vendidas del año en Estados Unidos: el público lo siguió sin problema fuera del terror.
«El instituto» y un matiz que conviene respetar
Cuarenta años después, King publicó la novela donde la maquinaria del poder es el monstruo entero. En «El instituto» (2019), Luke Ellis tiene doce años y es superdotado; le asesinan a los padres, lo secuestran y despierta en una instalación llena de otros chicos secuestrados, todos con telepatía o telequinesis. La organización que los retiene y los somete a experimentos justifica todo con el argumento de siempre: la seguridad nacional, el bien mayor.
Cuando el libro salió, muchos lectores y críticos leyeron ahí un espejo de las imágenes que estaban en las noticias: chicos separados de sus familias y alojados en jaulas en la frontera entre Estados Unidos y México. Los paralelismos son evidentes y King los reconoció públicamente. Pero aclaró algo que vale la pena no pasar por alto: dijo que no se inspiró en eso al escribirla. Es una distinción fina y honesta —una novela puede terminar hablando de un presente que su autor no tenía en mente—, y conviene citarla como él la formuló, no como quedó mejor para el titular.
«Rage»: cuando sacó su propio libro de circulación
El gesto político más contundente de King no está en ninguna novela: está en la decisión de dejar de publicar una. «Rage», la primera que firmó como Richard Bachman, apareció en 1977 y cuenta un tiroteo escolar desde adentro de la cabeza del que dispara. Durante los años ochenta y noventa el libro apareció asociado a varios episodios reales de violencia escolar.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 1997, con el tiroteo de la escuela secundaria Heath, en West Paducah, Kentucky: un chico de catorce años mató a tres estudiantes e hirió a seis, y según se reportó había un ejemplar de «Rage» en su casillero. King concluyó que su novela podía estar funcionando como acelerante y le pidió a la editorial que la retirara. La editorial aceptó y el libro quedó descatalogado a fines de los noventa; más adelante también lo sacaron de la recopilación «The Bachman Books».
Vale medir lo que significa: un autor con todo el poder de negociación del mundo decidiendo que uno de sus libros hacía más daño que bien y renunciando a él. Hoy conseguir un ejemplar original cuesta una fortuna, y la decisión sigue discutiéndose —hay quienes la consideran una forma de autocensura—. Lo indiscutible es que la tomó él, no un comité escolar ni una legislatura estatal. Es exactamente lo contrario de lo que pasó este mes en Utah, donde le retiraron «Las cuatro estaciones» de todas las escuelas públicas sin preguntarle a nadie.
El pueblo chico como laboratorio
Hay un tercer modo, más sutil, en el que King hace política: encierra a una comunidad y observa. Es el procedimiento de «La cúpula», donde una barrera invisible aísla a Chester's Mill y en cuestión de días un concejal ambicioso convierte la emergencia en una excusa para quedarse con todo. Y es el de «Apocalipsis», que después de matar al 99% de la humanidad dedica cientos de páginas a algo que ninguna novela de terror necesitaría: cómo se redacta una constitución, cómo se elige a alguien, qué se hace con los que no están de acuerdo.
En los dos casos la conclusión es la misma y no es tranquilizadora. Lo que se descompone primero no es el orden público sino el acuerdo tácito de tratarse como vecinos. El monstruo no llega de afuera: lo elige la asamblea.
Por qué el poder le sirve como monstruo
La coherencia entre todos estos libros es que King no escribe sobre ideologías sino sobre una mecánica: qué le pasa a una persona común cuando alguien con autoridad decide que puede disponer de ella. Un chico en una instalación secreta, un pueblo bajo una cúpula, un país frente a un candidato con sonrisa fácil. Cambia la escala, no el problema.
Y funciona por la misma razón por la que funcionan sus monstruos. King nunca escribió el terror desde el poder, sino desde el que lo sufre: el conserje, la empleada, el chico de doce años. Cuando el que abusa no es un payaso sino una institución, la perspectiva no cambia en absoluto. Sigue estando abajo, mirando para arriba.
Si llegaste hasta acá
Te va a gustar el resto del archivo. Un correo cada quince días con lo nuevo.