Sinopsis
Trisha McFarland tiene nueve años y está enojada. La caminata por el bosque con su madre y su hermano es larga, incómoda y cargada de silencios tensos. Un desvío mínimo —apenas unos pasos fuera del sendero— alcanza para que todo se rompa.
Trisha se pierde en el bosque. Y el bosque no es un escenario neutral.
A partir de ahí, Stephen King construye una historia de supervivencia íntima, casi claustrofóbica, donde el peligro no siempre es visible. No hay multitudes, ni persecuciones, ni explicaciones rápidas. Solo una nena, un entorno que se vuelve cada vez más hostil y una mente que lucha por no ceder al miedo.
Para mantenerse cuerda, Trisha se aferra a una obsesión infantil: escuchar partidos de béisbol y pensar en Tom Gordon, su jugador favorito, como si fuera una especie de protector invisible. Esa figura —a mitad de camino entre la fantasía y la fe— se convierte en su ancla emocional mientras el hambre, el cansancio y el terror avanzan.
El bosque empieza a transformarse. Los sonidos ya no son solo sonidos. Las sombras parecen observar. Algo se mueve más allá de lo que Trisha puede ver o entender. Y entonces la novela deja de ser solo una historia de pérdida y se vuelve una exploración inquietante del miedo primitivo, ese que aparece cuando no hay adultos, reglas ni refugio.
La chica que amaba a Tom Gordon es uno de los libros más contenidos y delicados de Stephen King. Una historia donde el horror no viene de grandes monstruos, sino del aislamiento, la imaginación y la fragilidad de estar solo cuando todavía sos chico.
