Sinopsis
El pistolero no es una novela de Stephen King en el sentido tradicional. Es una puerta. Una declaración de intenciones. Un libro que no explica demasiado porque no quiere convencer a nadie: quiere que el lector decida si está dispuesto a seguir.
Roland Deschain es el último pistolero. Vive en un mundo que se está desmoronando, donde el tiempo se comporta de forma extraña y la civilización quedó reducida a ruinas, mitos y supersticiones. Persigue a un hombre conocido como el Hombre de Negro, no por venganza ni justicia, sino porque esa persecución es parte de algo más grande, algo que tiene que ver con la Torre Oscura.
El viaje de Roland es árido, solitario y brutal. Cruza desiertos interminables, pueblos muertos y situaciones que exigen sacrificios imposibles. No es un héroe en el sentido clásico: es obstinado, frío, y está dispuesto a perderlo todo —incluso su humanidad— con tal de avanzar un paso más.
Stephen King escribe El pistolero con un tono seco, casi bíblico, muy distinto a su obra más conocida. La historia avanza como una leyenda antigua, fragmentada, donde cada encuentro suma símbolos más que respuestas. No hay concesiones al lector: el mundo no se explica, se habita.
Este primer volumen plantea los grandes temas de la saga: el destino, la repetición, el costo de la obsesión y la pregunta incómoda que lo atraviesa todo: ¿qué vale más, la meta o las personas que quedan atrás?
El pistolero no busca gustar. Busca marcar. Y lo logra.
