El ciclo del hombre lobo
1983

El ciclo del hombre lobo

Cycle of the Werewolf

Publicado: 1983

En Tarker’s Mills, el problema no era creer en hombres lobo. El problema era aceptar que podían existir sin colmillos a la vista, sin garras, sin aullidos. Que podían caminar de día, saludar a los vecinos y dormir tranquilos hasta que llegara la noche correcta.

Stephen King no escribe aquí sobre una criatura fantástica, sino sobre el miedo cíclico, ese que vuelve siempre, aunque uno crea haberlo superado. Cada luna llena es una advertencia. Cada silencio, una complicidad.

Porque cuando el mal sigue un calendario, el verdadero terror no es que regrese. Es saber que nadie puede detenerlo… hasta que alguien se anime a mirar de frente.

Sinopsis

El ciclo del hombre lobo es una de las obras más directas y perversas de Stephen King. No busca rodeos ni explicaciones complejas: hay un monstruo, hay un pueblo chico y hay una serie de muertes que siguen un patrón imposible de ignorar.

En Tarker’s Mills, una comunidad tranquila y rutinaria, comienzan a aparecer cadáveres destrozados. No hay asesino identificable, no hay lógica humana que explique la violencia. Cada ataque ocurre en una noche distinta del calendario, marcando un ritmo macabro que avanza mes a mes, como si el horror tuviera agenda propia.

King construye la historia con capítulos breves, casi episódicos, acompañados por ilustraciones que refuerzan la sensación de estar leyendo una leyenda oscura, un cuento contado al borde del fuego. Pero detrás de esa estructura simple se esconde una idea inquietante: el mal no siempre viene de afuera. A veces vive dentro del mismo pueblo, bajo una apariencia respetable, cotidiana, intocable.

El corazón del relato está en Marty Coslaw, un chico en silla de ruedas que se niega a aceptar la versión cómoda de los adultos. Mientras el miedo paraliza al pueblo, Marty decide enfrentar la verdad, aun sabiendo que hacerlo significa desafiar a todos.

El ciclo del hombre lobo es King en estado puro: terror clásico, atmósfera opresiva y una pregunta incómoda flotando en el aire. No quién es el monstruo, sino cuántas veces elegimos no verlo cuando nos conviene.