Sinopsis
La larga marcha plantea una idea tan simple como brutal: cien chicos adolescentes participan en una competencia anual transmitida a todo el país. Las reglas son claras, públicas y definitivas. Caminar sin detenerse. Mantener la velocidad mínima. Tres advertencias. A la cuarta, la muerte.
No hay meta visible. No hay premio intermedio. Solo queda uno.
Ray Garraty es uno de esos cien. No tiene un gran motivo heroico para estar ahí. No quiere cambiar el mundo ni demostrar nada. Simplemente se anotó. Y ese detalle vuelve todo aún más inquietante: en este sistema, no hace falta una gran razón para ofrecer la vida.
A medida que la marcha avanza, el desgaste físico se vuelve insoportable, pero el verdadero quiebre es mental. La amistad, la competencia, la solidaridad y el egoísmo se mezclan hasta volverse indistinguibles. Los chicos se animan, se cuidan, se traicionan sin querer. Y el público aplaude.
Stephen King construye una distopía sin grandes explicaciones ni discursos grandilocuentes. No hace falta. El horror está normalizado. El Estado observa. La multitud disfruta. Y los participantes siguen caminando porque detenerse ya no es una opción.
La larga marcha no habla solo de un futuro autoritario. Habla de obediencia, de espectáculo, de cómo una sociedad puede convertir la crueldad en tradición. Es una novela incómoda, agotadora y profundamente humana, que no necesita monstruos sobrenaturales para dejar una marca duradera.
